Dedicada a Maribel Garrido, por creer que lo sabe todo sin necesidad de haberme conocido.
Hace ya muchos años, Margarita y Borja se conocieron, casualmente, como suele suceder. Borja ya había vivido varias historias de amor que le habían dejado un regusto amargo, quizás triste, en la boca. Pero Margarita se encargó de hacerle olvidar todo lo anterior. Bailó a su alrededor la danza de la seducción. Ya sabía hacerlo. A pesar de una notable diferencia de edad, Margarita, ayudada por su madre, supo tejer alrededor de Borja una red con la que lo atrapó. Todos los intentos -y fueron muchos- de Borja por salir de esa red resultaron inútiles, y acabó por convertirse en un tonto, ciego de amor, inevitable amor, por Margarita.
Margarita y Borja se casaron tras varios años de lucha contra quienes se oponían por parte de ambas familias. Tiempos de repudio y de persecución. Y comenzaron su vida juntos. En principio todo fue bien. Margarita ya disfrutaba de lo que quería, su casa, su dinero, su libertad... eso era todo, porque resulta evidente, a la luz del tiempo, que no buscaba amor. Tuvieron dos hijos, dos maravillosos hijos. Y pasaron los años en aparente armonía. Llegaban amigos al hogar de Margarita y Borja y se asombraban del ambiente de paz y sosiego que reinaba -tal vez lo ponía Borja, tal vez-, de la sensación de acogimiento que notaban con sólo entrar en aquel hogar. Cierto que, a pesar de todo, en los últimos años Borja había comenzado a albergar algunas dudas y preguntaba cada dos por tres a Margarita: "¿Pero, tú me quieres?"... y ella se encargaba de tranquilizarlo: "¡Claro que te quiero! ¿Cómo puedes dudarlo?". Borja se lo creía y continuaba viviendo feliz, entregándose a Margarita. Y poniendo toda su vida al servicio de ella.
Hasta que, un día, tras casi 18 años de matrimonio, hizo su aparición un "amigo" en el hogar. Un "amigo" que comenzó a llamar por teléfono continuamente, cuando no estaba metido en el hogar de Margarita y Borja. El teléfono lo cogía casi siempre Borja y, sin saludar siquiera, sin decir un "buenos días, Borja", este "amigo" preguntaba "¿Está Margarita?". Y Borja, pobre tonto, le decía que si, que claro que estaba, y la llamaba: "Margarita, es tu amigo Josué"... Era "amigo" de Margarita, pero pronto se hizo pasar por amigo de Borja, valiéndose de que Borja era un pobre iluso que creía en la gente y en sus buenas intenciones. Borja nunca puso en duda la honestidad de Margarita a pesar de tantas llamadas continuadas... a pesar de llegar del trabajo un día y otro y encontrarse siempre a Margarita con otro hombre en la casa... "Pero Borja"... -le decían- ..."un día, vale... dos veces, puede pasar... pero a la tercera tienes que ponerte los pantalones y dejar las cosas claras" "No" -respondía Borja- "Margarita no es así"... A pesar de las advertencias de amigos y vecinos, no podía dudar de su mujer.
Aparentemente, Margarita y Borja continuaban con su vida normal, pero muchas cosas fueron cambiando, sin que Borja llegase a darse cuenta. El "amigo" y Margarita tenían una historia de sexo. A Borja se lo llegaron a insinuar algunos amigos, pero Borja fue incapaz de creerlo, confiaba demasiado en Margarita. Ella seguía diciéndole que lo quería y haciendo el amor con él, de forma que Borja no podía imaginar engaños por su parte. "¿Cómo va a acostarse con otro y luego conmigo?"
Una noche, sin discusión previa ni incidente alguno, repentinamente, Margarita le dijo a Borja, por fin, lo que en la sombra llevaba muchos años preparando... le golpeó en toda el alma con un "no te quiero". Borja le preguntó si había otro hombre, y Margarita, después de sofocar una risa que se le escapó sin querer, y que Borja recordaría siempre, le dijo que no. Borja la volvió a creer, como todas las veces anteriores. Y como siempre, hizo el idiota. Se fue de su casa, en lugar de decirle que se fuese ella cuando quisiese, que aquella casa era tan casa de Borja como de Margarita, y que si ella quería romper el matrimonio... ¡podía marcharse con todas las bendiciones!
Borja creyó que se había acabado su vida. Por desgracia, no fue así. Volvió a este mundo para ver cómo Margarita lanzaba sobre él ataque tras ataque, mentira tras mentira, barbaridad tras barbaridad. Y todo muy bien planificado desde hacía años. Borja se creyó morir de nuevo. Y pidió, suplicó cientos de veces, una explicación. ¿Por qué?... Dímelo a la cara... ¿qué es todo eso que he hecho? ¿Qué es todo lo que vas diciendo, contando por ahí?... ¿Realmente he sido tan malo?... Pues si lo he sido, pido, por nuestros 18 años de vida común, de hacer el amor y traer hijos al mundo, una explicación. Dime, tan sólo, a la cara, todo lo que he hecho mal.
Nunca hubo respuesta. Nunca hubo aclaración. Una explicación. Un por qué todo aquello que Borja nunca entendió. Dieciocho años de matrimonio eran dieciocho años de mentiras para Margarita. No daban derecho a nada. Bueno, sí, hubo una aparente explicación... porque cuando Margarita lo consideró oportuno y se creyó con derecho a todo, volvió a llamar a Borja, una y otra vez, sin desanimarse porque Borja le rechazase la llamada o le colgase cuando empezaba a elevar el tono, para seguir gritándole y tratando de imponerle las cosas como siempre había hecho... Ella le había acusado de ser violento porque había roto todos los cuadros de la casa. Borja había roto cuatro, efectivamente, pero todos los demás cuadros que habían estado colgados por la casa, allí seguían, intactos. Y todo el mundo los había visto, hecho que carecía de importancia, pues a pesar de haberlos visto intactos, si Margarita decía que los había roto, para quienes la rodeaban, definitivamente, los había roto. Y los cuatro que rompió, como todos los demás, al fin y al cabo, los había pintado él. Margarita estaba a su lado cuando con una pena inmensa Borja los rompió. Eran los cuadros en que aparecía Margarita, porque Borja empezaba a darse cuenta de que Margarita iba por otros rumbos menos honestos con respecto a los hombres... Borja había tenido que soportar los primeros cuernos de su vida, que no serían los últimos... luego volvió a engañarse, pero esa es otra historia. Borja le pidió que tirase los cuadros, no quería verlos, pero Margarita, previsora, los escondió bajo la cama para ir afianzando su coartada, para ir enseñándoselos a todas las amigas y familiares como prueba de la violencia que se gastaba Borja. Allí pasaron los cuadros al menos nueve años. Nueve años en los que Borja ni se enteró. ¡Mira que era tonto el pobre!
En aquella última llamada, Borja se decidió a preguntarle: "Entre tú y yo, sin nadie delante, ¿cómo pudiste decir que yo era violento?" Ella se quedó callada un momento y entonces respondió: "Era violencia psicológica"... "¡Ah!" -respondió Borja- "¿y por eso me decías siempre que yo era el hombre más bueno del mundo?... ¿por la violencia psicológica?... Bueno, y lo de acostarte con otros hombres mientras estábamos casados..." "¡Eso es mentira!" saltó como una fiera Margarita, pero se quedó callada, muda, sin saber qué responder cuando Borja le dijo: "¿Quieres que te diga unos cuantos lugares donde lo has hecho? ¿Es que no sabes de sobra que te han visto muchas veces ya?". Y Borja le señaló algunos. Silencio. El silencio del que otorga porque no tiene más remedio, porque se ve pillado con las bragas en la mano.
Todo pasó. Borja superó todo aquello. Borja dejó, poco a poco, de querer a Margarita, sobre todo viendo como la mujer que decía ser desinteresada le quitaba todo, una cosa tras otra... todo, y por supuesto, lo que más valoraba Margarita... la casa que tanto esfuerzo le había costado a Borja. El amor de Borja se fue disolviendo al comprobar cómo la mujer que él siempre había creído noble no era sino un esperpento de maldad y mentiras. Pero Borja esperaba todavía una respuesta, una última respuesta que pudiese decirse noble, que le recordase lo que él, en tiempos, había pensado de Margarita: una explicación, cara a cara, de todo lo que había hecho mal. Tal explicación no llegó nunca. No podía llegar. Margarita era incapaz de repetirle a Borja en la cara todo lo que iba contando de él a sus espaldas.
Moraleja: No hay moraleja. Que cada uno elabore la suya según sus instintos y su capacidad de entender.
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